
Cuaderno de viaje: Apuntes Imprecisos

"...cada viaje es una experiencia única, personal e íntima que no se puede repetir..."

Arribar, llegar, conocer una ciudad, ya sea o no, por primera vez, es una experiencia comparable a visitar una librería: un inmenso mundo de opciones, libros ambicionados, portadas, títulos, imágenes y sugerencias, o recodos, caminos, edificaciones que compiten por atraer nuestra atención, enfocar nuestra mirada, despertar el deseo. Una ciudad se te ofrece, te hace guiños y trata de conquistarte con misterios y paisajes construidos o creados. Perderse en los recovecos de unas calles desconocidas es como deslizarse hipnotizado entre estantes repletos de libros.
Ambas vivencias nos obligan a ejercitar el doloroso oficio de elegir, seleccionar o escoger, tan contrario al placer inconfesable de la posesión total. No se pueden tener todos los libros, no se puede conocer todos los rincones de las ciudades en una corta mirada. Los límites mandan y se imponen, el breve tiempo dedicado al viaje, la capacidad de leer, ver, entender y digerir todo, así como el músculo económico necesario, tan frágil y escaso en los tiempos actuales.
Con estas circunstancias de partida, viajar, llevando como equipaje el oficio de arquitecto convierte nuestro recorrido en un ejercicio de critica constante, es decir, de selección permanente entre todas las opciones disponibles. Este proceso, llevado a cabo en medio de los avatares y la premura del tiempo, se realiza de forma, consciente o no, bajo la sugestión de aquello que nos impacta mas, la imagen que nos detiene o en lo que reparamos con mayor intensidad. Esa imagen que se queda en el recuerdo o se vuelve recurrente, se deriva de las ideas y conceptos de la arquitectura que conforman nuestra línea de pensamiento, internalizados a lo largo de la experiencia del oficio y de la reflexión disciplinar.
Esto hace que la misma ciudad sea diferente para cada visitante, una experiencia sensible personal y única, que conectada con nuestra interioridad, visualizada de tantas maneras como formas de pensamiento, y en ello radica la magia de la ciudad, se revela, se desprende de sus velos, y se muestra según quien y en que momento la observe. Permite múltiples lecturas, múltiples visitas y cambia su rostro de acuerdo al momento existencial del observador.
Es al regreso del viaje, cuando evocamos lo vivido, lo conocido, que podemos sintetizar las impresiones y hacer recuento de cual ha sido el significado del lugar, ciudad o sitio visitado. Con la solera que impone el tiempo a los recuerdos y a los vinos, se desechan banalidades, adornos o excesos y se sintetiza la experiencia en forma de fragmentos, apuntes o bosquejos de alta significación.
Así, cada viaje es una experiencia única, personal e íntima que no se puede repetir, una lectura que no depende del texto sino del lector.
Hoja 1. Reencuentro con Santiago y el mar del Fin del Mundo
Santiago, es un viejo conocido que no había vuelto a ver. Ese lejano primer encuentro me dejó la impresión de alguien muy serio y algo provinciano, desde mi punto de vista de arquitecta quizás, demasiado joven, optimista y orgullosa de venir de Caracas, una ciudad pujante en busca de su futuro. Mi realidad no soportaba comparaciones, más si concedía respetos.
En el reencuentro actual, la primera impresión es que Santiago es una ciudad de estreno, nueva, impecable, supongo que por vivir, lamentablemente, en una ciudad en devastación. En este caso las comparaciones son inevitables.
Al revisar las fotografías tomadas en Santiago de Chile, desde la prisa en el intento de fijar el recuerdo, guiadas por el sentimiento que toma el mando sobre la razón, compruebo, con sorpresa, que la mayoría de las imágenes, corresponden a suelos, aceras y calles. La ciudad, la urbanidad, lo público, la voluntad de hacer, cuidar y querer, la ciudad. Nuestras carencias.
Ningún edificio destacado en solitario, grupos corales de paredones urbanos, masas construidas que definen vacíos, bordes, solo suelo, calles, pavimentos, edificios fundacionales, conservación.
Santiago pertenece a esas ciudades que son como la foto de familia, donde todos los personajes, conviven y comparten, abuelos, hijos y nietos, generaciones diferentes en sus ropajes y acentos, pero con un innegable aire familiar que las unifica y que las singulariza. Son cúmulos de experiencias, aciertos y desaciertos, como algún invitado no deseado, que se entromete en la fotografía, pero que por contraste, enriquece el conjunto.
El centro fundacional, la Plaza de Armas y los edificios del poder, el Palacio de la Moneda, y la Plaza de la Ciudadanía intervenidos como centro cultural, muestra la conciliación entre los tiempos de la arquitectura y sus lenguajes, el Mercado Central combina la elegancia del encaje metálico de su estructura, con el colorido, los aromas y el bullicio de su actividad que vitaliza su entorno.
por los alrededores de Santa Lucia y pasear por Lastarria, es vivir en una calle, el sentido de la escala que está al alcance de los pasos y de las miradas. Donde la pieza construida que se desvaneció, por el tiempo o el desuso, dio paso a plazuelas y rincones, o fue sustituida por una arquitectura actual innovadora, que respeta la preexistencia y convive en armonía con sus vecinos mayores. Mantiene su carácter.
Pero la ciudad, como la familia, crece y se densifica y se transforma. Nuevos personajes aparecen en la foto familiar, producto de viajes, estudios, logros económicos, una familia próspera.
Recorrer las grandes avenidas, altamente densificadas, Apoquindo, Andrés Bello, Vitacura, transformadas en centros financieros y sedes bancarias, puede producir el desconcierto de la desubicación espacial, geográfica, donde la nueva arquitectura responde a patrones internacionales, a imágenes compartidas con otras latitudes, y quizás modas y modos de ver la arquitectura globalizada, esa anonimia que envuelve a los nuevos centros de las ciudades en su necesidad de crecer y expandirse, como el distrito de La Defense en Paris o el desarrollo del eje de la Castellana en Madrid.
Sin embargo, en el caso de Santiago, y a diferencia de Paris o Madrid, se produce un acuerdo sensato entre las piezas, todos comparten la escala, las alturas: el Limite Vertical, a la vez que comparten el suelo, las aceras, los trayectos: el Limite Horizontal.
En algunos casos aparecen y se destacan piezas con vocación de solistas en una coral armónica, intentando con mayor o menor éxito, convertirse en solitarios protagonistas de espacios urbanos.
Estas zonas son llamadas coloquialmente por los santiagueños, Sanhattan, término que pudiera expresar un sentimiento de orgullo a la vez que un reclamo.
El enfoque en lo público, en el espacio compartido, hace que en todos sus estratos se perciba como una ciudad amable y por lo tanto amada, condición indispensable para el florecimiento y el desarrollo de cualquier organismo vital.
A modo de despedida, me alejo algunos pasos hacia el poniente, la costa de Santiago, el borde, el limite, la frontera de la tierra con el mar, el océano Pacífico, este encuentro de geografías abruptas, se resuelve con una ciudad portuaria, singular y patrimonial, Valparaíso, de arquitecturas decimonónicas, que trepan alturas y se conectan entre si a través de ascensores de vértigo.
El borde costero continúa hacia Viña del Mar, en una sucesión de balnearios y desarrollos inmobiliarios donde la arquitectura de los dos siglos negocia con el paisaje en diferentes acuerdos, en la mayoría, este paisaje rocoso de mar violento, impone sus reglas y produce un encuentro acordado y respetuoso donde lo construido se funde con una naturaleza imponente. En la Isla Negra, zona cargada de significados y última residencia del poeta del sur, Pablo Neruda, estas pequeñas arquitecturas residenciales para la recreación y el ocio, mantienen el carácter del lugar, y con su tectónica y escala, parecen brotar del suelo y diluirse entre el bosque de pinos y el mar del Fin del Mundo.
y para que hagan saber a los mercaderes y gentes que se quisieren venir a avecindar que vengan: porque esta tierra es tal que para vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor .
de la Carta de Don Pedro de Valdivia, conquistador de Chile a S.M. el Rey Carlos V, el 4 de Septiembre de 1545
Arq. Maricarmen Sanchez
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